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Relatos Eróticos - La doncella sumisa

Llevamos años cumpliendo con la misma tradición familiar: todos los primos, tíos y abuelos paternos pasamos juntos la Noche Buena y Navidad en la casa tipo palacete de mi tío Manuel en la sierra de Cádiz. Pasó muchos años fuera de España haciendo negocios y supo invertir al llegar, así que se le podría considerar un hombre rico. Días previos a nuestra llegada el servicio doméstico prepara las habitaciones y los baños, para dejarlo todo perfecto y luego que nuestra estancia sea lo más cómoda posible. Son de confianza y conocidos por todos porque llevan mucho tiempo a cargo de mi tío.

Como siempre, Antonio, Dolores y María (jardinero, ama de llaves y sirvienta) nos recibieron muy cariñosos en la puerta del caserón para darnos la bienvenida. Esta vez había una asistente nueva, una muchacha joven, que se presentó con el nombre de Ivanna, con acento de Europa del Este. Piel pálida, rostro de porcelana, cabello oscuro y ojos turquesas. Al igual que María, iba vestida con el típico atuendo de doncella, incluyendo la cofia. Hacía poco que había tenido mi primera experiencia lésbica, y andaba esos días perdida con dudas sobre mi inclinación sexual o, simplemente, planteándome si me estaba convirtiendo en una viciosilla a la que le gustaba un poco de todo. Aún no tenía la respuesta; pero sí tenía claro cuando la vi, que sentí como mis genitales palpitaban como si me quisieran poner en alerta “oye, ¡pibón delicioso a la vista!” Lo raro y más curioso de todo aquello y que fue el cotilleo de todo el fin de semana, era que mi tío Manuel era muy receloso para meter desconocidos en casa, y siempre se había mostrado contrario con la idea de contratar más personal.

El 24 almorzamos en el jardín aprovechando el buen día sin mucho frío, aún quedaban por llegar un par de primos con sus mujeres y niños, lo harían para la cena. Yo esa noche no había podido descansar muy bien, así que tras almorzar me retiré a mi habitación para poder dormir un rato y aguantar por la noche hasta la llegada de Papá Noel para abrir los regalos. Creo que mi tío Manuel pensó lo mismo, porque caí en la cuenta que hacía ya un buen rato que estaba ausente. Siempre nos tocan las mismas habitaciones, es verdaderamente como llegar a casa por Navidad, la única diferencia es que no hay nada personal decorando las repisas, escritorios y mesitas de noche. Mi dormitorio comparte baño con otra habitación donde se queda Carlota, pero esta vez venía acompañada y le acondicionaron una de mayor tamaño. Todo un lujo, ¡tener mi propio baño esta vez!

Subí a mi habitación. Mientras me quitaba la ropa oí ruido, parecía proceder de la habitación contigua. Entré al baño sin encender la luz, la otra puerta estaba entornada y me asomé con sumo cuidado. Tuve que tapar mi boca porque estuve a punto de gritar al ver la escena.

La chica de acento del este estaba sentada en una silla, desnuda con unas botas de charol y tacón fino que le llegaban por encima de las rodillas, un liguero negro y medias a juego. Sus aureolas y pezones estaban teñidos de rojo. Un hombre con una máscara de látex la estaba terminando de atar las muñecas y tobillos, dejándola totalmente inmóvil. Sus ojos estaban cubiertos por un antifaz y su boca por una cinta adhesiva que le impedía pronunciar palabras. Ella se retorcía como queriéndose liberar, dudé en acudir a ayudarla; pero el hombre de rostro oculto pronunció un “shhhhh, no, no, no, ¡estate quieta!”, y supe que se trataba de mi tío Manuel; así que decidí limitarme a observar. Él se apartó un momento de mi visión y escuché como sacaba cosas de una mochila o maleta. Estaba expectante observando como la respiración de Ivanna delataba su ansiedad por la incertidumbre. Se acercó a ella con una fusta en la mano. Pasó su punta desde la rodilla, subiéndola por su muslo, hizo una parada frente al sexo de la sirvienta, acarició la vulva y le propició un azote seco y rápido sobre el clítoris, haciéndonos jadear a ambas. De nuevo, tuve que cubrir mi boca. Manuel se giró un poco y miró a la puerta de reojo, creo que no eligió aquel aposento al azar y que esperaba mi llegada para tener público.

Siguió ascendiendo la fusta por su piel hasta llegar al rostro, donde la volvió a golpear, de nuevo haciéndola gemir y a mí morderme fuertemente los labios. Hasta tres veces le hizo sentir la picazón del cuero en sus mejillas, estremeciéndola, pasando luego su mano delicadamente para calmar el dolor. Su cuerpo reaccionó haciéndola humedecer, desde mi posición podía ver como su vagina empezaba a brillar. Sentía mucho placer al verla ahí indefensa, entregándose a su amo.

Volvió a buscar algo y esta vez venía con una especie de cadena que terminaba en pinzas, rozó sus senos con el frío metal. Abrió una pinza con cada mano y las colocó en los pezones, colgando de estos unas mariposas de cristal que acentuaban su atractivo. Apretó las pinzas, provocando una sacudida en la chica, intentando soltarse y musitando quejidos. De nuevo Manuel habló, oprimiendo aún más los pezones: “más vale que te relajes, porque me vas a enfadar”. Bajó su mano y acarició los genitales de su sumisa, empapando su mano con los fluidos. Con la otra le quitó la cinta adhesiva de la boca de un tirón, haciéndole dar un grito. “shhh calla maldita guarra y lame mis dedos”, los introdujo en su boca, contemplando sonriente como la joven lamía su mano ansiosa de sexo. Ahí comprobé que ella disfrutaba con todo aquello y que él guardaba una potente erección bajo sus pantalones.

La desató dejándole el antifaz y la ayudó a ponerse de rodillas frente a él. La dejó unos segundos así, sin tocarla, mientras él se bajaba los pantalones y los calzoncillos. Agarró su cuello, como si tratara de asfixiarla, ella intentó desprenderse con sus manos, lo que hizo que él volviera a atárselas por detrás de su espalda. “Vas a saber lo que es bueno por portarte mal”. Puso la silla delante de ella, y la colocó apoyando su cara en el asiento. Cogió una paleta y le propinó varias nalgadas, que la hicieron chillar y dar respingos por el dolor. Cuando su piel estaba encendida, tiró de su pelo para volverla a dejar de rodillas y la cabeza erguida. Sacó su miembro, “esto te mantendrá calladita”, y lo restregó por sus labios y ella, con la lengua, empezó a darle lametones sensuales. Yo imité su posición, colocándome con cuidado de rodillas, eché mis braguitas a un lado, y empecé a acariciar mi clítoris viendo aquella peli porno en directo. Ivanna chupaba con ganas, se la veía hambrienta. Metí un par de dedos en mi boca, para imitar su mamada en mi mano. Aceleró el recorrido por el pene con sus labios, llenándolo de saliva, que iba cayendo por la comisura de su boca. Manuel contraía sus nalgas y apretaba contra él la boca de la chica. Sus testículos se encogieron y cuando ella deslizó sus labios hacia fuera, pude ver el tamaño de las venas a punto de estallar. Empujó la frente de la doncella hacia atrás, y descargó una inmensa cantidad de semen sobre su boca, cuello y senos. Yo me corrí discretamente; pero con ganas de más.

Mi tío desató a su sumisa, le quitó el antifaz y pasó su dedo pulgar por las mejillas de la chica, impregnándose con su propio semen. “¡Mira lo que has hecho! Voy al baño a limpiarme un poco, ¡no te muevas!” Di un brinco y salí disparada a mi habitación, cerrando la puerta sin hacer el menor ruido. Me quedé de pie apoyada en la pared un buen rato, intentando captar cualquier sonido y palabra de aquel juego perverso, hasta que se marcharon y todo quedó en silencio. Entendí por qué mi tío, que era tan fiel a sus costumbres, se había animado a contratar a esa muñequita del este.

Mar Gómez

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