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Relatos Eróticos - La doncella sumisa. Parte II

La cena de Nochebuena fue, como siempre, divertida. La mayoría de los familiares sólo nos vemos en estas fechas, y cada año es la misma sensación, como si no pasara el tiempo, con las mismas bromas y carantoñas. A pesar de la distancia física surgida entre primos y tíos, estamos muy unidos, y eso hace que vivamos estos días con mucha ilusión.

Había conocido una nueva faceta de mi tío Manuel, secreta y totalmente oculta. Durante la cena estuve pendiente de cualquier gesto que se procesaran él e Ivanna; pero nada hacía sospechar que tras esos papeles de “señorito” y “sirvienta” se escondía una historia sexual de dominación. No me podía quitar de la cabeza lo ocurrido horas antes, tenía muchísima curiosidad y me tentaba la idea de sacarle la conversación a Manuel, pero sabía que estaba totalmente fuera de lugar. ¿Me vendría de él la lascivia descontrolada?

Me fui a dormir algo achispada y ajena a las voces que aún llegaban del salón. No podría decir qué hora sería, entre sueños quise moverme y algo me lo impedía. Reaccioné y me vi reflejada en un espejo en el techo. Esta vez era yo la que tenía las manos y tobillos atados a los bordes de la cama. Intenté desprenderme de las cuerdas y gritar, pero no podía cerrar la boca y mucho menos hablar. Mi imagen en el espejo era aterradora a la par que sensual; mi cuerpo estaba desnudo, adornado con las cuerdas que también rodeaban mi abdomen y mis pechos. De los labios salía una tira ancha que bordeaba mi cabeza y la boca estaba sellada con una bola. Miré alrededor inquieta, me encontraba en una habitación desconocida, con paredes rojas, sin ventanas y el tacto bajo mi piel era como de una sábana de vinilo.

Empecé a inquietarme y a llorar al verme ahí totalmente vulnerable y muerta de miedo. No pasó mucho rato cuando oí unos tacones acercándose a la sala. Mi corazón se aceleró cuando el pomo de la puerta giró y alguien entró. Me puse en alerta, tensando mi cuerpo. Apareció la chica del este vestida con un mono ceñido de cuero.

-Sabemos que ayer nos estuviste mirando desde el baño, ¡eso ha cabreado mucho a mi amo! Piensa que te vendría bien algo de mano dura-.

Me hizo prometer que no iba a gritar y me quitó la incómoda mordaza, secándome las lágrimas y calmándome. Me desató y me llevó frente a la pared, colocándome de rodillas sentándome sobre mis talones. Ató de nuevo mis muñecas, ahora tras la espalda, con unas gélidas y pesadas esposas de metal y cubrió mis ojos con un antifaz aterciopelado. Todo aquello era muy similar a lo que había presenciado la tarde anterior. Me dejé guiar por ella mientras la angustia se iba apartando de mí.

-Hoy serás tú su esclava. Espero que seas obediente y no le enojes más o luego pagaré yo las consecuencias.

Se alejó sin cerrar la puerta tras su paso. Pasaron varios minutos de una espera lenta y excitante, sin tentación de pedir ayuda. De nuevo oí pasos y el cerrar de la puerta. Me erguí esperando ansiosa su proximidad. Sabía que estaba mal por ser mi tío; pero deseaba entregarme y someterme a él.

Me dijo que me había portado muy mal la tarde anterior espiándolos y que tenía que educarme. Me inclinó contra la pared haciéndome levantar el pompis y me pegó fuertemente en los glúteos, propiciándome un merecido castigo que humedecía irremediablemente mi sexo, haciéndome gozar con esa humillación. Noté que la piel de las nalgas me ardía cuando paró, liberó por unos segundos mis muñecas, para volverme a colocar las esposas con las manos por delante. Tiró de mi pelo y me colocó un collar alrededor del cuello, arrastrándome con una correa. Me hizo recorrer la sala a cuatro patas, con cierta dificultad al no apoyar cómodamente las palmas de mis manos en el suelo, aun así, no cesaba de repetir que sería una buena perra de concurso, que estaba muy orgulloso de mí.

Cuando me detuvo, dejó caer la correa al suelo, abandonándome un largo rato. Agudicé mis oídos, no se había marchado, escuchaba su respiración supongo que observándome. No conseguí oír cómo regresaba a mi lado, cuando de repente, sentí sus manos agarrándome bruscamente las nalgas, separándomelas y pasando su lengua cálida por mi ano. El carecer del sentido de la vista me hacía tener sensaciones mucha más intensas y jadear de un modo exagerado. No le gustó y abofeteó de nuevo mis nalgas, con más dureza que anteriormente, para hacerme callar. Me giró y me desprendió del antifaz, haciéndome mirar de lado en un espejo en la pared. Él estaba de rodillas justo tras de mí, con una actitud poderosa. Deseaba que me hiciera suya, que me dejara complacerle. Se lo supliqué:

-Tómame mi amo, hazme tuya -.

Esta vez se enojó bastante y utilizó toda su fuerza para volverme a golpear el trasero, haciéndome perder el equilibrio en mis muñecas y aterrizando con mi cara en el suelo. Con un tirón de la correa volvió a situarme como estaba, y me insistió ofuscado:

-¡¡No te he dado permiso para hablar ni para hacer ruido!! -.

Verle enfurecido en aquella postura, teniéndome bajo su total dominio, me hacía lubricar como nunca, me notaba muy caliente y húmeda, dispuesta a todo lo que mi amo quisiera hacerme. Siguió a lo suyo ignorando mi desobediencia, volvió a lamer mi ano y apareció su mano derecha en escena, introduciendo un conector anal, apretando con leves círculos hasta dejarlo dentro colocado. De mi culo asomaba una larga cola negra que me daba aspecto de yegua, una potra que se moría de ganas por ser cabalgada por ese jinete maduro que se había apoderado de mí.

Él nos miraba a través del espejo, sin dejar de clavarme las uñas en una de mis nalgas. Su expresión era de lujuria, de un hambre inmenso babeando. Sin apartar en ningún momento la vista, bajó la cremallera de su pantalón y con un respingo asomó su miembro erecto, aquel que había vislumbrado horas antes desde lejos. Ahora sería mío, sólo para mí.

Desplazó la mano por su pene, masturbándose suavemente para extenderse el líquido pre-seminal. Se acercó más a mí y puso sus manos en mis caderas, rozando con su glande la entrada de mi vagina. Sentía brotar mis fluidos y, cuando comenzó a penetrarme, noté como se desbordaban y caían por el interior de mis muslos alcanzándome las rodillas. No podía contener los gemidos; pero esta vez me permitió disfrutar de ese éxtasis sin regañarme. Me empujaba hacía él desde mis caderas y en cada golpe, mis pechos se movían como péndulos. Llamaron su atención y con la correa jaló de mi cuello, apoyando mi espalda contra su pecho, pasando a amasar mis grandes tetas con sus manos y hundiendo sus dientes en mi cuello dejándome marcada. Nuestros cuerpos relucían sudorosos y se contraían a la vez. Retiró su mano derecha de mi seno, volvió a inclinarme y mientras me lo hacía comenzó a mover el plug anal agarrándolo por la cola, sacándolo y metiéndolo a la par de sus metidas violentas, entrando y saliendo de mí sin encontrar resistencia. Quería correrme, me moría de gusto; pero me contenía esperando su permiso para hacerlo, entonces dejó libre mi seno enrojecido por su manoseo y bajó al encuentro de mi clítoris, presionando la zona con toda su mano.

Era irresistible, no aguantaba más, el placer erizaba cada centímetro de mi piel, gemía desesperada y empezaba a sentir que me faltaba el aire. Rodeó mi cuerpo con ambas manos, pegándose más a mi espalda, apoyó su barbilla en mi hombro y gritó mientras notaba como se dejaba ir dentro de mí. Paró, sin consentirme disfrutar del orgasmo. Durante unos segundos nos quedamos en esa posición, contemplándonos en el espejo, calmando nuestra respiración.

-Te has portado muy bien -. Me dijo sonriendo y dándome un beso dulce en el cuello. -Para el próximo año quizás permitiré que te corras -.

“¿¿¿Qué???”. Se levantó, hizo una señal con la mano y de un lado sombrío de la habitación asomó Ivanna, la cual habría estado allí todo el tiempo. Se acercó con la cabeza agachada a su amo, colocándole un batín y éste, sin más, salió por la puerta. Ella fue la encargada de quitarme las esposas y el plug anal, esta vez sin hablar y algo brusca. Creo que los celos la estaban matando, se mostraba triste y desganada, poniendo todo en orden sin motivación. Me ayudó a levantarme y puso sobre mis hombros una bata, indicándome el camino para regresar a mi habitación.

Abrí los ojos, estaba exaltada y empapada en sudor. Eran las 8 de la mañana. Estaba en mi cama, con el camisón puesto y pude comprobar desde ahí que el pestillo de la puerta estaba echado. Respiré aliviada sabiendo que todo había sido un sueño, que no había ocurrido nada con mi tío. Me levanté y fui al baño, abrí el grifo y mojé mi rostro. Sentí molestias en el cuello y al mirarme en el espejo descubrí que estaba lleno de moratones, “¿¡Había sido real!?”

Mar Gómez

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