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Relatos Eróticos - Mi primer masaje lésbico. II parte: El despertar

Dormí profundamente y del tirón toda la noche. Con los primeros rayos de sol comencé a despertar, con una agradable sensación de paz y tranquilidad. Noté un cuerpo tras mi espalda, me giré y comprobé que no había sido un sueño, que mi primer encuentro con Natalia había sido real. Su rostro estaba sereno, con un cutis perfecto y un rubor natural en sus mejillas. Su cabello rubio descansaba sobre la almohada y por sus hombros. La observé largo rato, estaba tumbada de lado, por lo que se acentuaba la hendidura de su cadera, sus grandes pechos caían uno sobre otro y dibujaban unas pequeñas aureolas de las que sobre salían pezones rosados muy tentadores. Bella, la chica más bella del mundo y ahí estaba, junto a mí, tras haberme brindado un masaje erótico con final feliz.

No me pude resistir y chupé la punta de un dedo, humedeciéndolo y di un toquecito con él en su pezón izquierdo, y luego con mi yema hice varios círculos, su pezón se endureció y aumentó el tamaño en un segundo, haciendo reaccionar la aureola contrayéndola y erizando toda la piel de su pecho, subiendo por su cuello y despegando sus ojos con un gemido. Nos quedamos mirando durante unos minutos, hasta que volvió a abrir su boca, esta vez para decirme:

-Voy a enloquecerte -.

Se puso sobre mí a horcajadas, me agarró de las muñecas poniéndolas sobre mi cabeza, dejando caer sus senos sobre los míos y rozando los labios húmedos de su sexo contra mi pubis, meneándose sobre mí. Ella transmitía confianza y calma y yo vibraba, expectante por el desayuno que me ofrecería Natalia. Sus labios comenzaron a rozar mi cuello, con algunos lengüetazos y comencé a gemir despacio, arqueando mi pelvis ofreciéndome a ella y a sus sutiles cabalgadas. Mis manos acariciaban la piel suave y sedosa de su espalda, bajando hasta sus nalgas, agarrándolas y apretándola contra mí, las volví a subir lentamente, y al alcanzar su melena, cogí un mechón y tiré de ella hacía mí, besándonos con fervor y volviendo a pasar mis dedos por su espalda, ahora marcando mis uñas en su trasero y pegando su sexo más al mío. Yo notaba como nuestros fluidos calientes se mezclaban y se deslizaban por mi entrepierna empapando las sábanas. Me notaba en estado de éxtasis, a punto de correrme sólo con nuestro roce, cuando se detuvo:

-Quiero follarte -.

¿No lo estaba haciendo ya? Se levantó dejándome unos segundos sola en la habitación, regresó del baño con un consolador doble y unas tiras negras. Con una risita traviesa se fue colocando el arnés, puso un poco de lubricante en un extremo, separó sus labios con los dedos y lo metió en su vagina, quedándose con el arnés puesto con otro pene de goma esperándome. Como si se masturbara fue distribuyendo sobre el tronco más lubricante, una imagen de lo más erótica que aumentó mi deseo, y que me hizo suplicarle que siguiera, que necesitaba más. Esta vez tiró de mis tobillos llevándome hasta el borde la cama y separó mis piernas, dejando mi sexo húmedo abierto. Con una mano abrazó el consolador, acerándolo a mis genitales y comenzó a estimularme con él toda la zona, mientras alargaba su mano libre para acariciar mis pechos suavemente. Comenzó a introducir el dildo poco a poco en mi vagina, ayudándose con la mano. Agarré las sábanas, mordí mis labios y cerré los ojos. Empezó a embestirme con golpes rápidos y secos, sacando el pene de goma por completo y penetrándome hasta el fondo, aumentando la velocidad entrando y saliendo. Nuestros jadeos ahora eran más elevados y seguidos, yo ya no aguantaba más y de nuevo por mi respiración ella supo que estaba otra vez al borde del orgasmo y paró, torturándome y volviéndome a dejar con la miel más deliciosa en los labios. La miré extrañada y mis ojos le gritaban que me terminara de una vez, me quemaba el cuerpo y de mi sexo estaban a punto de salir chispas, no lo soportaba más.

-Te dije que quería enloquecerte y así lo voy a hacer, ¡ponte de rodillas en el suelo y métetela en la boca! -.

Comencé a lamer a lo largo y me la metí en la boca, practicándole sexo oral al consolador, y me sentí derretir observándola desde abajo, unos pechos enormes que asomaban por encima de ese juguete erecto. Me acariciaba el pelo y me movía la cabeza ligeramente de adelante hacia atrás, llegándome a la garganta. Me levantó y me empujó, dejándome caer de espaldas en la cama, abrió mis muslos y con la mano orientó la punta del pene exterior en la entrada de mi vagina, empujó hacia delante, la rodeé con mis piernas a la altura de sus caderas y al fin, volvió a penetrarme, con movimientos circulares con su pelvis como si bailara con mi cuerpo. Sentí como ambas temblábamos, nos tensábamos, y gritamos gimiendo mientras el orgasmo nos devoraba desde dentro. Había jugado conmigo durante un largo rato llevándome al límite y deteniéndose, y ahora el clímax me había dejado ciega por un momento, como ida al percibir esa explosión de sensaciones, como si un cable estuviese conectando desde mi vagina hasta los pezones.
Salió de mí y se tumbó a mi lado, con la respiración entrecortada. El consolador apuntaba al techo, sin perder nunca su erección y ella seguía con su extremo aún dentro de su sexo. Noté que prefería no moverse, ni quitarse nada y gozar de todas las emociones que seguían volando por aquella habitación. Yo volví a disfrutar de esa visión, de esa figura femenina y sexy, de senos grandes con un pene de goma.

Nos quedamos un rato así hasta que algo nos hizo saltar de la cama. Tocaron a la puerta insistentemente llamándonos por nuestros nombres. Habíamos perdido la noción del tiempo y lo peor, obviamos que estábamos en una casa con compañeros de la oficina y algunos jefes. No fuimos a cenar la noche anterior y esa mañana, con nuestro desayuno sexual, no bajamos ni a tomar café y hacer acto presencia, teníamos a todos los colegas listos en el autobús para continuar con el programa del fin de semana. Contestamos sin abrir la puerta:

-¡Nos hemos quedado dormidas! ¡Cinco minutos! -.

Con grandes carcajadas salimos corriendo al baño, propiciándome cachetadas en el pompis. Nos metimos juntas en la ducha y sin poder esmerarnos mucho por las prisas, nos enjabonamos fundiendo nuestras lenguas.

Mar Gómez
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